Mi hijo está asilvestrado!

¿Dónde está ese angelito que dormía acurrucadito a mi? ¿Esa bolita que no sabía andar y menos aún correr? Soy plenamente consciente de que mi hijo ya apuntaba maneras desde que estaba en mi vientre: botaba de alegría al oír música. Luego, cuando llegó al mundo resultó un niño de poco dormir y muchas ganas de juerga. Y ya.... ahora.... es para ponerle una correa...

Los niños son niños y tienen que moverse, disfrutar, reírse.... y yo me apunto, soy la primera en tirarme al suelo, ponerme hasta las cejas de pintura, guarrear, lo que haga falta! Pero una cosa es tener un niño movido y otra es tener una fiera con afán destructor. No soy capaz de entender qué hago mal, porque estoy convencida de que el problema es mío.

Tener un hijo que es capaz de desmontar la casa en cero coma, vaciar armarios y cajones, pintarte las paredes, pringarte las puertas de chocolate, aterrorizar al gato, desmontar el teclado del portátil.... y mil más... es agotador. Pero con lo que ya no puedo es con escenas fuera de casa. Que me haya tocado ir corriendo detrás de él por un bar porque había cogido un vaso y me veía sus intenciones, que no eran otras que acabar estrellándolo contra el suelo y hacerlo añicos. Esas voces, esa sensación de haberme convertido en un orco, las miradas.... buf de vergüenza. Y pasas vergüenza porque le has gritado a tu hijo, le has dado dos palmadas en el culo que sabes que no le tendrías que haber dado, porque sabes que algo va mal. Que no sabes si eres tú o es el niño. Que no sabes educar de forma correcta o es que el niño es simplemente Chucky. Que tiemblas cuando tienes que ir a cualquier sitio porque sabes que no le puedes soltar ni un segundo porque la lía.

Y es que la teoría te la sabes, educar en positivo, no gritar, menos aún pegar. Pero la realidad es otra. Ni que decir tiene que al puñetero rinoceronte naranja lo abandoné hace meses (si queréis saber qué es lo podéis ver aquí). Pero yo sigo con mi problema: no sé qué hacer con mi hijo. Desde que se levanta hasta que se acuesta es una fiera incansable que todo toca, tira, rompe, que vuela por casa. Que te pasas el día con el "cuidado", "eso no", "ven que jugamos aquí". Que el pobre gato, ya recluido por voluntad propia de forma casi permanente en mi dormitorio, tiembla de miedo cuando le oye entrar. Que la pobre hermanita se encoge cuando se acerca porque sabe que salvo esos arranques de ternura que tiene Chucky, lo habitual es que le caiga o un tirón de pelos o un cruzado de cara. 

Preguntas a otras mamás y a la pediatra y la respuesta suele ser que es muy pequeño, que tenga paciencia, que ya cambiará. Vale, pero es que para que cambie algo tendré que hacer yo, o qué? En fin, que si alguien tiene una fórmula aunque no sea milagrosa me la haga llegar, a ver si atinamos de alguna manera. Porque mi único consuelo me ha llegado de la mano de un amigo, que es camarero, por decirme que la escena era normal, y la verdad es que tampoco me consuela.

Menos mal que luego tiene la parte buena: es simpático y gracioso, tiene unos arranques cariñosos que te funden el corazón, y ya si viene y te pide perdón te derrites. ¿Y cómo no le vas a perdonar con esa carita?


Cristina Prieto

Madre loca e inquieta a la que le encanta escribir y compartir las experiencias y vivencias que me ha traído este desbordante mundo de la maternidad. Mi máxima: EL HUMOR. Porque con humor se vive y se aprende mejor.

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